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LECTURA DEL TONAL

ES LA LECTURA DE LAS ENERGIAS QUE ESTAN PRESENTES EN TI Y TE CARACTERIZAN

El conocimiento de las energías cósmicas universales que se conjuntaron en el momento de tu nacimiento!!

Que es Tonalamatl?

En la gran Tenochtitlan, cuna de la civilización Azteca, cuando un nuevo miembro ingresaba a la comunidad era presentado ante el “Tonalpouhque” que era aquella persona que conocía la dinámica del tiempo y las energías que se manifestaban en cada elemento del calendario en un día determinado.

El “Tonalpouhque” era un conocedor de los “Amoxtin” o libros sagrados, hoy conocidos como códices. En estos “Amoxtin” se plasmaban las energías y los acompañantes siderales, terrenales, diurnos y nocturnos que se manifiestan en la cuenta del tiempo. A este conjunto de elementos se les da el nombre de “Tonalamatl” que es la cuenta de las energías sagradas de nacimiento.

Con base en el “Tonalamatl” era que se le asignaba el nombre al nuevo miembro de la comunidad y a los padres se le hablaba de su destino en cuanto a las habilidades que podía desarrollar por las energías que lo acompañaban desde su nacimiento.

Partiendo de nuestra herencia sagrada es como hemos llegado a conocer que cada uno de nosotros es acompañado de determinado conjunto de energías que son impregnadas en nosotros el día en que se asoma al mundo nuestra vida. Conocer nuestras sagradas energías de nacimiento nos permite conocer mas de nosotros al saber con qué energías estamos conectados y también saber cuáles son las características de personalidad que mas debemos pulir para  ascender un peldaño en nuestro camino evolutivo.

En estos tiempos en los que se ha hecho evidente la falta de conexión con el cosmos y con la Tierra es tarea fundamental que comencemos a  formar un verdadero rostro y corazón. Es el tiempo en el que cada uno de nosotros necesita recibir su nombre cósmico y comience a vibrar con él  para reintegrarse a la búsqueda de sí mismo y de lo que nos rodea.

Hoy día existen los “Amoxtin” o libros sagrados para que con ellos basados en nuestra fecha y hora de nacimiento conozcamos nuestras  venerables energías y saber cuál es nuestro verdadero nombre, el nombre cósmico. Vibrar con él nos lleva a reencontrarnos de una  manera mas armonizada e integrada con todo lo que nos rodea.

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TOLTECÁYOTL – TOLTEQUIDAD

 

La Toltequidad
En los últimos años se ha puesto de moda la filosofía tolteca. Han surgido numerosos grupos de práctica del “camino del guerrero” y se han publicado diversas obras que pretenden recoger, explicar y adaptar
los conocimientos de los sabios del México antiguo. No obstante, aún subsiste mucha confusión sobre este asunto, quedando sin responder las preguntas: ¿quiénes eran los toltecas y en qué consiste la
Toltequidad?
En 1941 ocurrió un suceso desafortunado para la cultura de México. Un grupo de arqueólogos reunidos para analizar el enigma de los olmecas, llegó a la conclusión de que los toltecas fueron los moradores de la ciudad de Tula, una de las capitales de Anawak entre los siglos 9 y 11 de la era cristiana. Los arqueólogos no tuvieron en cuenta que, según los sabios nativos entrevistados por los cronistas españoles, la Toltequidad no era privativa de un grupo étnico, sino una herencia compartida por todos los mexicanos. Tampoco consideraron que la ciudad que hoy llamamos Tula, en tiempos antiguos tenía el nombre de Xicocotitla, y que el término náhuatl Tula o Tollan es un título aplicable a cualquier capital.
En la actualidad ese error se ha superado, principalmente gracias a la obra de cuatro investigadores:
– El antropólogo Miguel León-Portilla, quien rescató el concepto nawatl de Toltekayotl o toltequidad,
demostrando que fue el nombre que los mesoamericanos dieron a su producción cultural y espiritual como un todo.
– La arqueóloga Laurette Sejourné, quien demostró que la Tula de los mitos es la gran ciudad de Teotihuacan, desarrollada entre los siglos 3 a. C. al 8 d. C., y que todas las personas que adoptaban el culto de la Serpiente Emplumada eran toltecas.
– El historiador Enrique Florescano, quien ha aportado numerosas pruebas a favor de la tesis anterior, demostrando que Tula Teotihuacan no fue una capital étnica, sino una ciudad cosmopolita que funcionaba a modo de embajada común, ya que en ella estaban representados los principales pueblos de Mesoamérica.
– El antropólogo Carlos Castaneda, quien llama “toltecas” a sus informantes indígenas (pertenecientes a diversas etnias de México) y aclara que, para ellos, ser tolteca es una categoría del conocimiento chamánico.
La Toltequidad caracteriza al México antiguo; es su religión, su praxis, la esencia de su ser. Todos los pueblos de Anawak – olmecas, mayas, mexicas, zapotecas, mixtecas, totonacas, huicholes – acogieron las enseñanzas de los sabios toltecas.
Pero podemos dar un paso más allá, definiendo la Toltequidad como el legado común de todas las naciones cultas de la América nativa. Cualquiera que visite Bolivia, Ecuador o Perú, notará las extraordinarias similitudes que existen entre las civilizaciones de Anawak y el Tawantisuyu. La Toltequidad es tan mexicana como andina. Reconocer esa base común es clave para recobrar nuestra
identidad profunda como americanos, a fin de presentar un rostro verdadero y un corazón unido frente al desafío del porvenir.


Fundamentos de la Toltequidad
En su versión mexicana, la Toltequidad consistía en un conjunto de ideas que explicaban la existencia del Universo, la vida y la conciencia. Las principales eran las siguientes:
El Universo se llamaba Semanawak: unidad circundante o unión de lo diverso. Se consideraba que el mundo físico era reflejo de otro mundo, invisible y de carácter energético. Dicha totalidad se dividía en planos de manifestación, que también se podían entender como estados de conciencia. Había cinco planos infernales o subconscientes, y siete celestiales o supraconscientes, los cuales confluían en esta tierra, el sitio donde tenemos el privilegio de morar.
La energía recibía el nombre de Teotl, divino, ya que su naturaleza trascendía el alcance de los sentidos. Los españoles trataron de traducir ese término como dios, pero, para los nativos, Teotl era un calificativo que significaba poderoso, energético.
Una de las creencias más características de los toltecas era que toda energía es polar. Al polo positivo le llamaban Tonalli, evidente, y al negativo Nawalli, oculto; en la actualidad los conocemos como el Tonal y el Nagual. Estos polos no sólo eran formas de explicar el movimiento de la energía, sino también facultades que todos poseemos y que podemos potenciar. Nuestro cuerpo físico con sus instintos, emociones y pensamientos, es nuestro Tonal o ventana particular al mundo, mientras que el campo energético que nos rodea y mantiene vivos es nuestro Nagual, un vehículo potencial de trascendencia.
Los mesoamericanos creían que la energía por sí misma es consciente; por lo tanto, el Universo como un todo se da cuenta, tiene una intención. La conciencia cósmica recibía el nombre de Centeotl, unidad
divina, un término que también significa divina semilla, ya que este ser da origen a todos los demás. No debemos identificar a Centeotl con el dios de los cristianos y los musulmanes; era más bien una entidad
abstracta e impersonal, sin preferencias o motivaciones humanas.
A fin de crear el mundo, Centeotl se transforma en Ometeotl. Este título se compone de los términos Om, en unidad, E, tres, y la combinación de ambos, Ome, dos, más el calificativo Teotl; de modo que se traduce divina uni-dual-trinidad. Ometeotl es el creador del espacio-tiempo; se manifiesta como una multitud de “dioses” o espíritus mediadores, que en verdad son personificaciones de las fuerzas de la Naturaleza.
Ometeotl representa la armonización de las polaridades. Es el rector de la evolución. Los toltecas consideraban que toda manifestación requiere de un proceso, y todo proceso es cíclico y gradual. El Universo evoluciona de la oscuridad a la luz, de la materia al espíritu, y para ello, es imprescindible que surja la conciencia individual. Tal como relata el Popol Vuh (la Biblia de los mayas), los dioses en busca de identidad crearon diversos mundos y dijeron:
“No habrá gloria en nuestra obra hasta que surja el ser humano, la criatura racional”.
Esa chispa de conciencia focalizada en nuestra mente y corazón recibió el nombre de Quetzalcoatl, serpiente emplumada. Quetzalcoatl es la personificación de nuestro potencial de conciencia. Su nombre lo describe: la serpiente representa al cuerpo físico con sus limitaciones, y las plumas a la conciencia, con su aspiración a lo supremo. La Serpiente Emplumada es, pues, una metáfora del proceso de ascensión del alma.
En otra lectura, Quetzalcoatl era el nombre que daban los toltecas a sus profetas, considerados como personas que llegaron a un estado de auto-realización. Se conserva la memoria de varios de estos personajes, siendo el más conocido de ellos el príncipe Ce Acatl de Tula, quien vivió entre los años 947 y 999 de la era cristiana y dejó una brillante herencia espiritual.
En aquella sociedad, cuando el niño nacía, el sacerdote que lo recibía le daba a conocer el propósito para el cual hemos venido a esta tierra, que es acrecentar el brillo de la conciencia. Luego lo bautizaba, pasando sobre su cabeza fuego y agua, le imponía un nombre calendárico y con ello el pequeño quedaba transformado en un Masewalli o Macehual, merecido por el sacrificio de la Serpiente Emplumada. Si el niño honraba ese título con una vida productiva y noble, se le llegaba considerar propiamente como un Tolteca o buscador de perfección interna.
A fin de guiar al pueblo, aquellos sabios registraron las experiencias acumuladas durante generaciones en códices, murales y relieves. Poco antes de la era cristiana, el anciano Weman recogió dicha tradición en un libro al que llamó Teomoshtli, libro sagrado. La última copia conocida de ese texto se perdió en el año de 1746, pero se conserva gran parte de su contenido, que sólo espera ser traducido.

piedra del solDescubrimiento de la Piedra del Sol. 17 de diciembre de 1790.

INTRODUCCIÓN

La Piedra del Sol es un monolito que sintetizó el conocimiento astronómico que los antiguos mexicanos habían desarrollado hasta antes de la conquista española. La piedra fue localizada “circunstancialmente” a finales del siglo XVIII en el costado sur de la Plaza Mayor de la ciudad de México, donde había sido depositada con el relieve hacia abajo y cuidadosamente enterrada para no ser destruida por los evangelizadores españoles durante el periodo colonial. Según el arqueólogo Felipe Solís, “los sobrevivientes a la hecatombe protegieron su diseño con una capa de cenizas volcánicas o arena, con lo que la salvaron de una inminente destrucción.”[2]

 

Pero la fecha exacta de su descubrimiento, el 17 de diciembre de 1790, pone en evidencia que su resurgimiento de las entrañas de la tierra fue un acontecimiento magistralmente planeado, ya que en esa fecha comenzaba el año trece carrizo. El símbolo colocado en la parte superior del Calendario Azteca.

!3-carrizo. Símbolo ubicado en la parte superior de la piedra del Sol.

La Piedra del Sol vino a ser un elemento fundamental que anunciaba el retorno del pasado indígena a la nueva cultura mestiza que durante el proceso de independencia sirvió a los estudiosos del pasado indígena como fuente de símbolos prehispánicos que se incorporaron a la nueva identidad mexicana en proceso de construcción.

En distintas épocas la piedra ha sido colocada en diversos sitios, entre ellos el exterior de la pared poniente de la catedral metropolitana. Actualmente se exhibe en la sala Mexica del Museo Nacional de Antropología e Historia, ubicado en el conjunto del Bosque de Chapultepec; y por el lugar que ocupa al interior de la sala, se le puede considerar la pieza más importante.

La información que existe sobre esta creación escultórica está dispersa y no es precisa en cuanto a la manera en que los antiguos mexicanos computaban el tiempo.

Nuestros antepasados estructuraban sus calendarios con fines prácticos (para la agricultura), y con fines astronómicos, los cuales en conjunto daban la pauta para la elaboración de sus complejos ritos que hasta hoy día están presentes, mezclados con el culto católico, producto del inevitable sincretismo cultural, constituyen una poderosa fuerza vital del México profundo.

La Piedra del Sol fue esculpida en piedra volcánica por Axayacatl, emperador azteca, que entre guerra y guerra pudo terminarla e inaugurarla en una solemne ceremonia poco antes de morir en el año de 1481. En esta piedra también se sintetizó de manera magistral la concepción cosmogónica del tiempo cíclico que habían descubierto los antiguos habitantes, gracias a su profundo conocimiento de la astronomía. El Sol, los planetas Venus y Tierra, con su satélite, la Luna, fueron los astros directamente implicados en este tejido astronómico grabado en el majestuoso monolito.

Vista por primera vez, la piedra es un gran círculo decorado con numerosos símbolos. Si nos acercamos para observar mejor la escultura es evidente visualizar las cinco eras cosmogónicas consignadas en los textos indígenas del siglo XVI y en los códices prehispánicos. La del quinto Sol, la de movimiento, llamado nahui ollin, es la edad cósmica de mayor dimensión representada en este monolito. Esta primera observación ya deja entrever que cada uno de los símbolos que se encuentran en esta piedra contiene significado cronológico.

En una segunda observación vemos en el primer anillo de la Piedra del Sol los veinte días con los que se formaba el calendario prehispánico, y esto es otra señal que nos manifiesta su asociación con el tonalpohualli, el calendario sagrado de los antiguos mexicanos.

La presencia de ocho rayos del Sol y el símbolo del año xihuitl, es un detonante que confirma, con toda seguridad, que en esta rueda hay periodos astronómicos vinculados a la sistematización del tiempo en un calendario, pues, como se sabe, ocho años corresponden a cinco revoluciones sinódicas de Venus, planeta muy observado por los pueblos del área mesoamericana, dado que estaba ligado a Quetzalcoatl, su héroe cultural.

En una nueva observación a la piedra veremos el símbolo 13-carrizo,[3] uno de los elementos centrales de su diseño. Este símbolo y el nahui ollin, 4-movimiento, recuerdan uno de los mitos antiguos que asociaban a estas combinaciones con la formación del quinto Sol:

“El quinto Sol:

4-Movimiento su signo.

Se llama Sol de Movimiento,

porque se mueve, sigue su camino.

Y como andan diciendo los viejos,

en él habrá movimientos de tierra,

habrá hambre

y así pereceremos.

En el año 13-Caña,

se dice que vino a existir,

nació el Sol que ahora existe.

Entonces fue cuando iluminó,

cuando amaneció,

el Sol de movimiento que ahora existe.

4-Movimiento es su signo.

Es éste el quinto Sol que se cimentó,

en él habrá movimientos de tierra,

en él habrá hambres.” [4]

[1]Cita tomada de Trece poetas del mundo azteca, de Miguel León Portilla, México, UNAM, 1984, p. 136.

[2] Felipe Solìs, “La Piedra del Sol”, en Arqueología mexicana, enero-febrero 2000; pp. 32-39.

[3] En los textos del siglo XVI el carrizo fue llamado también caña.

[4] El mito proviene de los Anales de Cuauhtitlán, fol. 2. Tomado del libro de Miguel León-Portilla, De Teotihuacán a los Aztecas, pp. 472 y 473.

El gran Chalchihuitl